Pasé una tarde entera en Ginza sin mirar ni un escaparate. Caminaba mirando hacia arriba en vez de al suelo, siguiendo las líneas de los rascacielos hasta que el cielo se puso de ese rosa quemado que dura diez minutos y ya está. Salieron un par de fotos que no pienso borrar.
Lo que más me sorprendió no fueron los edificios en sí, sino la extensión de los jardines del Palacio Imperial, ahí al lado: un espacio verde inmenso en medio de la ciudad más densa que conozco, y desde ese vacío ves asomar los rascacielos de Ginza por encima de los árboles.
Ahí me dio por romantizar: una oficina en el piso tropecientos, la misma vista cada tarde. Y entonces me acuerdo de cómo son de verdad los oficinistas japoneses, sin dormir, sin tiempo libre, acabando alcoholizados.
Me quedo con la versión de abajo: la cámara, esa luz que dura diez minutos, y ninguna oficina esperándome mañana.




