Hikario

Cuaderno de viajes en Japón

La chica de los rábanos

Después de patearnos Kagoshima entero y estando hambrientos, acabamos en lo que al azar parecía un izakaya cualquiera. La dueña, en cuanto vio que no entendíamos la carta, decidió que esa noche cenábamos lo que ella dijera.

Resulta que cultiva sus propios rábanos. Y no como hobby: los lleva a concursos, y en un momento dado desapareció y volvió con varios trofeos para enseñárnoslos, con el mismo orgullo con el que otra gente enseña fotos de sus hijos. Su récord son 32 kilos. Un rábano. De 32 kilos.

Sakurajima, el volcán que tiene la ciudad enfrente, lleva siglos echando ceniza sobre la isla y esa ceniza, por lo visto, es un abono estupendo. De ahí salen: el daikon de Sakurajima, el rábano más grande del mundo; el komikan, una mandarina tan pequeña que te caben tres en la mano; y el boniato, que aquí se llama satsumaimo porque Satsuma era el nombre antiguo de la región y básicamente lo inventaron ellos.

Nos puso la mesa entera: platitos de todo, tonkatsu enorme, arroz, y entre plato y plato iba sacando botellas de shochu para que probáramos. El de boniato es el típico de Kagoshima, pero también hay de arroz y de otras cosas que ya no apunté porque a la tercera copita el cuaderno dejó de ser prioridad.

Todo estaba buenísimo, y lo digo sin la ayuda del shochu.

No sé cómo se llama. Para nosotros es la chica de los rábanos, y así se ha quedado en el cuaderno. Es de esos encuentros que no salen en ninguna guía porque no se pueden planear: entras a cenar y sales con una clase de destilados y un dato de agricultura competitiva que no sabías que necesitabas.

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