Entre Nagoya y Matsumoto hay un camino que lleva cuatrocientos años ahí: Nakasendo.
En la época Edo era una de las cinco rutas oficiales del país, unos 530 km de Kioto a Tokio por el interior de las montañas, con 69 pueblos donde dormir y cambiar de caballo. Es lo más parecido que tiene Japón a un Camino de Santiago, con la diferencia de que aquí nadie iba a rezar. Iban a comerciar, a casarse o porque el shogun los llamaba. Hoy casi todo es carretera, pero el tramo del valle de Kiso sigue siendo bosque, adoquín y casas de madera.
Nosotros hicimos Nakatsugawa → Magome → Nagiso → Nojiri: cuatro noches y cinco días andando, unos 50 km en total. Nada épico. Lo épico lo pone la lluvia.
Porque llovió. Llegamos a Magome con la calle empedrada brillando y una fila de paraguas subiendo la cuesta, y el paso hasta Tsumago lo hicimos entre niebla, sin ver la montaña que teníamos delante. Cuando por fin salió el sol, un día después, el valle era otro sitio: cielo azul, cedros altísimos, bambú por todas partes.
Aprendimos que a las seis de la tarde cierra todo. Todo. O planificas la cena a las cuatro o cenas onigiri y café de lata de combini, si es que hay combini, que en Tsumago no.
Sobre los osos: Nosotros no encontramos ninguno, pero hay campanas colgadas cada pocos cientos de metros con un cartel que te pide que las hagas sonar, y nosotros, por si acaso, íbamos añadiendo algún grito de vez en cuando. Si alguien nos oyó desde el otro lado del valle, que sepa que era por el oso.







